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Recomendando libros: Un día en la vida de Ivan Denisovitch.


Hola! Cómo va la vida? Espero que estén teniendo días tranquilos y bueno, ya es viernes así que aún cuando no sea así, todo mejora ad portas del fin de semana. Tal como anticipé en la entrada de la semana pasada, hoy continuaré recomendando otra de mis últimas lecturas, a ver si se motivan con ella, pues tal vez como yo, la había rehuído por mucho tiempo sin razón concreta más allá de sonar demasiado “sombría”. Estoy hablando de Un día en la vida de Ivan Denisovitch, del Premio Nobel de Literatura soviético Alexandr Solzhenitsyn, libro que además de ser ya considerado un clásico del siglo XX, es una obra tremendamente valiosa en cuanto retrata tal vez la forma de vida más dura que hubo durante el régimen soviético: la de los condenados políticos en los campos de trabajo forzado en los agrestes territorios de la entonces Unión Soviética. La verdad, pese a que soy una amante de la literatura rusa, mi devoción hacia los clásicos me había impedido hasta ahora incursionar en obras de autores más contemporáneos. Es decir, tal vez no contemporáneos a nosotros en cuanto individuos, pero si en cuanto a la proximidad del tiempo a gran escala: obviamente los acontecimientos del siglo XX nos resultan más cercanos que los de siglos anteriores, de la Rusia zarista, por ejemplo.


A principios de año tuve la oportunidad de leer 2 excelentes trabajos periodísticos-históricos que me hicieron recordar que, además de su literatura, otra cosa que me encantaba de Rusia era el rico acontecer histórico que tuvo su desarrollo como nación o imperio, estoy hablando de Los muchachos de Zinc y Últimos Testigos, de la Premio Nobel de Literatura bielorrusa Svetlana Alexievich. Ambos trabajos resultaron ser un tremendo aporte para el conocimiento tanto histórico, como literario y periodístico de dos momentos cruciales en la historia del siglo XX, en voz de sus propios protagonistas: la Guerra de Afganistán, en la que la Unión Soviética tuvo una participación que se prolongó por casi una década, y que terminó siendo desastrosa, siendo considerado el equivalente soviético de lo que Vietnam  fue para Estados Unidos, narrado en las voces de soldados sobrevivientes,  familiares, o amigos de quienes perdieron la vida. El segundo libro, últimos testigos, explora el desgarrador mundo de los niños en la Segunda Guerra Mundial, con relatos a partir de sus recuerdos y memorias. Ambas lecturas son muy ricas en cuanto desvelan un mundo oculto, la otra cara de la verdad histórica, y tal vez por lo mismo, por la crudeza de los relatos, por la tremenda carga emocional que estos “personajes reales” transmiten en sus palabras, como lector nos hacemos parte de estas vivencias. Así al menos lo sentí yo.
Y bueno, luego de leer ambas obras, seguí interesada por explorar nuevos mundos de las vidas en durante el régimen soviético, y así llegué a el libro que reseñamos hoy. Bueno, mejor seguimos con la reseña, y a continuación daré mis impresiones.

RESEÑA: El protagonista, Iván Denísovich Shújov, lleva encerrado ocho años –de una condena de diez– en un campo de trabajo situado en algún lugar de la estepa siberiana. Aunque en teoría se halla allí por «traición a la patria» la realidad es mucho más amarga: durante la guerra contra Alemania, Denísovich fue capturado por los nazis, pero logró escapar y reintegrarse en las filas soviéticas. Se le acusó entonces de haber huido del ejército soviético con la intención de traicionar, y de regresar para ejercer de espía para los alemanes. A fin de evitar la condena a muerte, Denísovich reconoció los hechos de los que se le acusaba y fue mandado al Gulag. Éste es el relato de uno de sus días en el campo de trabajo, cómo lo vive, siente y piensa, su relación con los demás compañeros de prisión y con los carceleros, es en definitiva, una retrato de la sobrevivencia.

OPINIÓN PERSONAL: Un día, para quienes tenemos la fortuna de vivir la libertad, parece ser muy poco tiempo, demasiado breve como para asignarle un significado o valor que lo diferencie de los demás, tan así, que a fuerza de ser considerado efímero, se le despoja además de toda relevancia en nuestras vidas. ¿Cuántas veces nos hemos repetido que todos los días son iguales, que nada hay destacable en ellos, que la monotonía consume nuestras energías y motivaciones? Seguramente muchas, pero creo que esta apreciación del tiempo la realizamos desde la comodidad de nuestra posición en el mundo, desde nuestra conformidad con una vida sin sobresaltos, estable y segura, en definitivas, desde nuestro rol privilegiado como individuos libres. Pero cuán diferente debe ser para quienes la libertad sólo es un anhelo, una esperanza lejana, o una realidad que tienen la certeza jamás recuperarán. Un día en la vida de Ivan Denisovitch nos lleva precisamente a ese mundo, el de quienes han perdido la libertad y deben aprender a vivir lejos del mundo, su cotidianeidad y monotonía habitual. Pero tal vez lo más notorio de la novela es que nuestro protagonista ha perdido su libertad y sido condenado a prisión en, tal vez, uno de los lugares y época más duros: la Unión Soviética de postguerra.

En la novela, el protagonista Sujov nos relata cada acción de ese día en prisión, desde que escucha el primer ruido matinal a las 5 de la mañana, hasta el toque de queda al finalizar ese día. Ese día eterno, en el que el hambre y frío casi logran sentirse por la descripción tan detallada que de ellos hace el protagonista. Las pequeñas luchas y batallas que como prisionero debe sortear, tanto derivadas de la convivencia con sus compañeros, como con los carceleros, concentran buena parte de la narración del protagonista. En él conviven la monotonía y lo inesperado a partes iguales, porque mientras para Sujov, así como para todos los prisioneros, la vida de condenados ofrece un panorama diario rígido y casi inmutable, producto del fuerte control y represión ejercidos sobre ellos, es en este diario vivir donde hasta los más pequeños cambios se vuelven significativos, y hasta pueden resultar valiosos. Algunos minutos menos de trabajo, un trozo de pan más para alimentarse, unas astillas de madera ocultas para calentarse, los restos de una colilla de cigarro, todos estos pequeños triunfos nos demuestran a lo largo del relato de Sujov que la vida monótona no existe, que por más pequeño e imperceptible que sea el cambio, si existe ya significa una distinta posición en el mundo.

Es un libro fuerte? Sí, por las duras condiciones de vida que podemos ver a través del relato del protagonista, pero extrañamente, ese dureza no implica un ambiente sombrío o triste: en las vivencias de Sujov y los demás prisioneros con quienes se relaciona, en ese largo día, hay día constantemente rondando, una suerte de fuerza casi sobrenatural que los hace seguir adelante, superar las debilidades y desafíos, y es el saber que un día más vivido es un día menos en prisión. Podemos llamarlo esperanza? Probablemente sea un término demasiado optimista para el contexto en que vive nuestro protagonista, pero si no es esperanza, sí es la creencia de que el día de mañana vendrá, y puede ser mejor. Pero el hecho de saber que lo vivido por el protagonista fue algo vivido por millones de personas que fueron condenadas a vivir encerrados, normalmente realizando trabajos forzados en las estepas siberianas, por un régimen tan brutal como lo fue el soviético, hace la experiencia de la lectura mucho más fuerte. 

Sujov se durmió completamente satisfecho. El día de hoy había sido un éxito para él: escapó al arresto, su brigada no fue enviada a la Sozkolonie, a mediodía se agenció una ración extra, no le cogieron la hoja de sierra en el cacheo, ganó algo con los servicios prestados a Zesar, y compró tabaco. Y no se puso enfermo, se había recuperado. Pasó el día sin que nada lo ensombreciese, casi felizmente”.        

Este libro lo recomiendo a ojos cerrados, en algunos pasajes me recordó a otro libro que nos narra la vida en prisión, pero que resulta ser mucho más terrible: Memorias de la casa muerta, de Fédor Dostoievski. Es el primer libro que leo de Solzyenitzin, pero creo que es suficiente para saber que en su escritura hay tanto de verdad como honestidad. Un libro excelente, y por lo mismo totalmente imperdible.   




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